When Your Body Doesn’t Fit the “Ideal”

La psicóloga clínica, terapeuta y creadora de Sex Talk Karla Ezaine sitúa ese malestar dentro de un problema más amplio: la manera en que muchas personas han aprendido a relacionarse con la sexualidad, el cuerpo y el placer desde el tabú, el miedo y la distorsión. En su mirada, no se trata solo de una crisis de autoestima individual, sino también del peso de una educación afectiva y corporal que, en gran parte de la cultura latinoamericana, sigue cargada de silencios, vergüenzas y mensajes contradictorios. Ella lo resume al señalar que la sexualidad ha entrado culturalmente “llena de tabú, miedos y también mucho morbo”, lo que termina deformando la comprensión de lo que significa habitar el propio cuerpo con libertad e inteligencia.

Ese punto importa porque la insatisfacción corporal rara vez nace de la nada. Se forma. Se repite. Se aprende. Y muchas veces empieza mucho antes de que una mujer tenga redes sociales o sepa quién es la celebridad de moda. Ursula Pfeiffer, cofundadora de Yuriyana Club, lo plantea con claridad al recordar que la educación no es solo lo que se dice de forma explícita, sino también “cómo actúo como padre, como amiga, como hermana”. Es decir, el cuerpo también se aprende a través de actitudes, comentarios, gestos cotidianos, silencios, fiscalizaciones y formas de nombrar —o de no nombrar— lo que se considera aceptable.

Desde esa perspectiva, no sorprende que tantas mujeres crezcan sintiendo que su cuerpo es algo que debe corregirse. Ursula lo formula con precisión al hablar de ciertos comentarios aparentemente inofensivos: “Cuando dice has encontrado esta dieta, lo que estás insinuando es que hay algo que arreglar con ese cuerpo.” La frase revela una verdad incómoda: buena parte de la violencia corporal cotidiana no llega como agresión abierta, sino como sugerencia, recomendación o preocupación supuestamente amorosa. Y justamente por eso puede instalarse con más facilidad.

Karla Ezaine observa ese fenómeno también en consulta. Habla de mujeres adultas que desean el cuerpo de una Kardashian y de adolescentes que desean el de una figura coreana idealizada. En ambos casos, lo que aparece no es solo una preferencia estética, sino un tipo de distancia dolorosa respecto de la propia realidad corporal. No se trata simplemente de admirar un estilo, sino de vivir el propio cuerpo como algo insuficiente frente a una imagen ajena, muchas veces retocada, operada o directamente inalcanzable.

Por eso su propuesta no pasa por insistir en la autoestima como consigna vacía. Más bien cuestiona esa versión superficial del amor propio que muchas redes sociales han popularizado: la idea de que basta con mirarse al espejo y repetirse frases grandiosas para sanar una relación corporal dañada. Ezaine pone en duda esa receta con una observación muy concreta. Habla de mujeres que necesitan aprender a tratarse de otro modo, “no como nos pintan en las redes sociales con el autoestima de solo verte y gritarte al espejo que eres guapa, que eres brillante”. Y enseguida marca el límite de ese lenguaje cuando llegan los momentos verdaderamente difíciles: “en los momentos de crisis, en los momentos de dudas, en los momentos de errores” no suele aparecer espontáneamente una afirmación triunfal, porque lo que realmente hace falta es otra cosa: “un consuelo”.

Ahí es donde la conversación se vuelve realmente valiosa. Porque desplaza el centro del problema. Ya no se trata de obligarse a sentir admiración constante por el propio reflejo, sino de aprender a no violentarse cuando una está mal. En otras palabras, pasar de la exigencia de autoestima a la práctica de la autocompasión. No como indulgencia ni como evasión, sino como capacidad de sostenerse con humanidad en medio de la frustración, la vergüenza o el error.

Ezaine lo explica de forma especialmente lúcida cuando dice que “cada persona debe utilizar su propia creatividad y su propia forma de darse amor y de sostenerse en todo instante”. Esa frase evita otra trampa frecuente: la de convertir también el autocuidado en una receta universal. No todas las personas se consuelan igual. No todas necesitan las mismas palabras. No todas acceden a sí mismas por el mismo canal. Algunas conectan mejor con lo verbal, otras con el cuerpo, otras con gestos concretos, otras con el silencio, la escritura o el movimiento. La autocompasión, en ese sentido, no se impone; se construye.

El problema es que muchas mujeres no han aprendido a sostenerse así. Han aprendido, más bien, a criticarse con rapidez. A convertirse en la voz más dura dentro de su propia cabeza. Ezaine lo describe con una imagen muy clara: es fácil ofrecer consuelo a alguien cercano cuando está pasando un mal día, pero cuando el mal día es propio, lo primero que suele aparecer es el insulto interior, la descalificación, la sensación de torpeza o insuficiencia.

Ursula Pfeiffer profundiza en ese punto al cuestionar el uso automático de afirmaciones positivas cuando una persona está atravesando una experiencia dolorosa. “Las afirmaciones no van a funcionar si en el fondo sabemos que estamos, por ejemplo, pasando por un mal momento o sabemos que fallamos en algo”, advierte. Y añade algo todavía más útil: a veces repetir una frase positiva no ayuda porque se siente como una negación de lo que realmente está ocurriendo adentro.

Su propuesta va en otra dirección. En lugar de forzar una grandiosidad emocional que no se siente verdadera, plantea la posibilidad de interrumpir la violencia interna con una respuesta más realista y más amable. Lo formula así: “No, gracias, eso no me está ayudando. Es un mal momento, mañana será otro día”. La fuerza de esa frase está en que no exige fingir bienestar. No obliga a negar el mal momento. Solo pone un límite a la crueldad interior y abre un espacio más digno para atravesar la dificultad.

Ese cambio, aunque parezca pequeño, puede transformar profundamente la relación con el cuerpo. Porque muchas veces el conflicto corporal no se sostiene solo por la imagen externa, sino por el tipo de diálogo interno que se activa alrededor de ella. Una mujer puede mirar sus piernas, su abdomen, su rostro o su talla y no solo ver una forma, sino escuchar años de mensajes acumulados sobre lo que debería corregir. Frente a eso, la autocompasión no es un lujo blando: es una herramienta de reconstrucción.

También es una forma de resistencia cultural. En un entorno que empuja todo el tiempo a mirar hacia afuera, compararse, medirse y ajustarse, aprender a mirar hacia adentro se vuelve un acto importante. Ezaine habla justamente de esa reeducación: dejar de fijarse solo en el cuerpo ajeno y empezar a preguntarse por la relación con el propio. No como ejercicio instantáneo, sino como proceso. Un proceso que exige conciencia, práctica y una disposición distinta frente a una misma.

Esa mirada está en sintonía con la misión de Yuriyana Club: acompañar a las mujeres hacia una vida más plena a nivel emocional, físico y sexual a través del conocimiento y de conexiones que enriquecen. Porque hablar de cuerpo, autoestima y sexualidad desde un lugar más humano no es superficial; es una forma concreta de devolverle dignidad a experiencias que durante demasiado tiempo se han vivido desde la vergüenza o el silencio.

Puedes encontrar el video complementario a este artículo aquí:https://youtu.be/z5N49M3VL3I

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