Cuando el conflicto no es falta de amor sino cómo nos comunicamos

Hay relaciones en las que el problema no empieza con una traición, una pelea devastadora o una ausencia evidente. Empieza con algo más difícil de explicar: la sensación de no sentirse amada del modo en que una necesita. Ese matiz importa, porque cambia por completo la lectura del conflicto. No siempre se trata de falta de amor. A veces se trata de una diferencia más sutil y, por eso mismo, más dolorosa: la otra persona ama, pero su manera de expresarlo no coincide con la forma en que la otra parte logra reconocerlo.

En esta conversación, la sexóloga y terapeuta de parejas Lyzzeth Alvarado propone pensar los lenguajes del amor no como una etiqueta cerrada, sino como una herramienta para comprender cómo aprendemos a vincularnos. Al hablar del tema, explica que se trata de “la forma en cómo expresamos y cómo sentimos que nos expresan el amor”. Y añade algo que resulta clave para entender por qué tantas parejas se desencuentran incluso cuando existe afecto: cada persona aprende a amar “desde la perspectiva en cómo se ha criado” y según “cómo hemos aprendido que es el amor”.

Eso significa que nadie llega a una relación desde cero. Antes de enamorarnos, ya traemos una historia. Una idea del cuidado. Una expectativa sobre la cercanía. Una forma de interpretar gestos, silencios, detalles y ausencias. Mucho de eso empieza a formarse en la infancia, en el vínculo con quienes nos cuidan primero. Lyzzeth Alvarado lo conecta con la figura del apego y con la manera en que aprendemos a vincularnos “con los seres inmediatos a nosotros desde el inicio de nuestra formación”. Si esas primeras figuras son sensibles y consistentes, la persona puede crecer con mayor sensación de seguridad. Si son intermitentes, distantes o impredecibles, esa inseguridad también puede dejar huella y reaparecer en vínculos posteriores.

La idea es importante porque ayuda a sacar la conversación amorosa del terreno de la culpa automática. No todo desencuentro en pareja nace de mala intención. A veces nace de dos historias emocionales distintas tratando de convivir. Ahí aparece una de las observaciones más precisas de Ursula Pfeiffer, cofundadora de Yuriyana Club, cuando dice: “Lo que más angustia nos trae es que no se reconozca la forma en cómo queremos ser amados. Eso es lo que genera la muchos de los conflictos de pareja.

Esa frase nombra algo que muchas mujeres reconocen de inmediato. El dolor no siempre está en la ausencia total de amor, sino en la experiencia de no sentirse vistas en la forma particular en que necesitan ser queridas. Ursula lo desarrolla todavía más cuando señala: “No, no me ama. O sea, decimos no me ama, pero es un no me ama. No exactamente que no me ame, sino que no me ama como yo quiero ser amada.

Ese giro cambia el enfoque del problema. Obliga a pasar de la acusación general a una pregunta mucho más exigente: ¿sé cómo quiero ser amada? ¿Puedo reconocerlo con claridad? ¿He aprendido a expresarlo? Porque, como advierte Lyzzeth Alvarado, muchas veces el conflicto no solo está en la diferencia entre dos personas, sino en la dificultad para comunicar lo que una necesita. “No comunico a veces cómo quiero ser amada. Espero que el otro lo interprete o lo adivine.

Esa expectativa de ser adivinadas no aparece por casualidad. Tiene relación con ideas muy arraigadas sobre el amor romántico, pero también con una falta de conciencia sobre las propias necesidades. A veces no se comunica porque se espera que el amor verdadero intuya. Otras veces no se comunica porque ni siquiera se ha identificado con claridad qué hace falta. En palabras de Alvarado, puede ocurrir que “ni siquiera somos conscientes de cuáles son nuestras expectativas y nuestras necesidades”.

A todo esto se suman los mandatos de género. En el diálogo, Ursula señala que este choque se observa con frecuencia en relaciones heterosexuales, donde el varón suele haber sido socializado bajo otra lógica afectiva. Lo dice así: “Y ahí hay un choque porque el varón no aprendió eso. El varón aprendió a proveer.

La observación no funciona como excusa, sino como diagnóstico cultural. Muchas mujeres crecieron esperando palabras, validación emocional o demostraciones más explícitas de afecto. Muchos hombres crecieron entendiendo que amar era sostener, proveer, resolver. Entonces la pareja puede entrar en una dinámica frustrante: una persona siente que da amor, la otra siente que no lo recibe. Y ambas pueden estar diciendo la verdad desde sus respectivos códigos.

El contexto cultural amplifica todavía más este problema. Lyzzeth Alvarado recuerda cómo ciertas ideas sobre el amor se normalizan a través de bromas, canciones o frases populares. Los celos interpretados como señal de intensidad. La agresividad romantizada. La inseguridad confundida con interés. Ursula también cuestiona esa normalización cuando observa “esa incapacidad de reconocer que la violencia no debería tener un lugar dentro de nuestras relaciones interpersonales”.

Por eso hablar de lenguajes del amor no es un juego superficial de compatibilidades. Es una forma de revisar el aprendizaje emocional que cada persona trae a la relación. Y ese trabajo, insiste Alvarado, empieza por una misma. Su propuesta inicial es concreta: hacer una lista “de las cosas que nos hacen sentir amados”. La idea parece simple, pero tiene profundidad. Obliga a identificar en la experiencia cotidiana qué gestos nos hacen sentir cuidadas, valoradas, acompañadas o reconocidas. No desde la teoría, sino desde la vivencia.

Ursula aporta una imagen particularmente útil para pensar este proceso cuando compara ese aprendizaje con un “manual” y un “diccionario” de qué esperar y cómo interpretar el amor. La metáfora ayuda a entender que no solo aprendemos a sentir; también aprendemos a traducir. A leer ciertos gestos como cariño, otros como distancia y otros, incluso, como normalidad aunque en realidad nos lastimen.

Pero identificar el propio lenguaje afectivo es solo una parte del trabajo. Luego viene algo más difícil: comunicarlo de manera adecuada y escuchar lo que la otra persona necesita sin convertir la conversación en una suma de reproches. Alvarado insiste en la importancia de “encontrar un equilibrio” entre dos personas que no tienen por qué amar igual. No se trata de transformarse por completo ni de esperar una coincidencia perfecta. Se trata de reconocer que la pareja implica negociación, ajuste y aprendizaje mutuo.

También hace una advertencia importante: no siempre ese proceso puede hacerse sin ayuda. Hay relaciones en las que la comunicación ya llega demasiado filtrada por heridas, frustración o interpretaciones acumuladas. En esos casos, la intervención de un tercero puede ser necesaria. La propia Ursula pone palabras a esa experiencia cuando dice: “no necesariamente escuchamos lo que la otra persona nos está diciendo, como nos lo está diciendo”.

Ese punto resulta crucial. Porque una cosa es hablar y otra muy distinta es sentirse entendida. Cuando una relación permanece demasiado tiempo atrapada en lenguajes afectivos que no se encuentran, puede instalarse una sensación persistente de angustia, desconexión y carencia. Alvarado advierte que, si no se aclara “cómo amo, cómo quiero que me amen y si soy capaz de amar como la otra persona quiere que quiere ser amada”, pueden surgir quiebres profundos del vínculo e incluso dinámicas dañinas.

Tal vez por eso el cierre más importante de la conversación no apunta primero a la pareja, sino al vínculo con una misma. Lyzzeth Alvarado resume esa base con una frase que funciona casi como punto de partida ético: “aprender a amarnos nosotros mismos para poder amar al resto”.

Hay algo profundamente liberador en esa idea. Porque desplaza el amor del terreno de la adivinación al de la conciencia. Amar mejor no consiste en esperar que la otra persona lo entienda todo sin palabras. Consiste, primero, en conocerse. En identificar la propia necesidad. En revisar lo que una aprendió a llamar amor. Y, desde allí, construir vínculos donde el afecto no tenga que sentirse como una ausencia permanente, sino como una experiencia más clara, más consciente y más recíproca. Esa mirada dialoga de manera natural con la misión de Yuriyana Club de acompañar a las mujeres hacia una vida más plena a nivel emocional, físico y sexual, a través del conocimiento y de conexiones que enriquecen.

Puedes encontrar el video complementario a este artículo aquí: https://youtu.be/7uNqLvK5k6k

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