Para muchas mujeres, la relación con el cuerpo no ha sido un encuentro sencillo, sino una negociación constante. El espejo deja de ser solo un reflejo y se convierte en tribunal. La ropa no siempre acompaña: a veces juzga. La intimidad, que debería ser uno de los pocos territorios de descanso, termina infiltrada por la comparación, la inseguridad y la idea persistente de que algo tendría que ser distinto. Nuestra cofundadora Ursula Pfeiffer lo plantea con una frase que condensa una experiencia ampliamente compartida: “para muchas de nosotras la relación con nuestro cuerpo es compleja”. Y no es difícil entender por qué. Esa complejidad, dice, nace de “la constante comparación, las ideas de cómo deberíamos ser y vernos”, una presión que no solo nos lleva a criticarnos frente al espejo, sino también en situaciones sociales e incluso en la intimidad.
La pregunta, entonces, no es por qué tantas mujeres se sienten incómodas en su cuerpo, sino en qué momento esa incomodidad empezó a parecer normal. Y quizá más importante aún: quién se beneficia de que una mujer viva observándose como si siempre hubiera algo que corregir. Ursula propone un giro decisivo cuando pregunta: “¿qué pasa si descubrimos que el problema nunca fue nuestro cuerpo, sino la historia que nos contaron de él?”
Ese cambio de enfoque importa porque desplaza la atención del defecto al relato. Si el problema no era el cuerpo, sino la historia construida alrededor de él, entonces también cambia el tipo de trabajo que hace falta. Ya no se trata solamente de sentirse mejor con una parte del cuerpo, sino de cuestionar el marco entero que nos enseñó a percibirlo como insuficiente, inadecuado o corregible. Desde ahí cobra sentido mirar con más cuidado un fenómeno que se ha expandido silenciosamente: la industria estética que gira alrededor del cuerpo femenino, incluso en sus zonas más íntimas.
Ursula introduce este tema con una pregunta incómoda y necesaria: “¿sabías que hay toda una industria estética alrededor de los genitales femeninos?” La pregunta abre un terreno que durante mucho tiempo se mantuvo cubierto por el silencio y la vergüenza. Hoy se habla de blanqueamiento de la labia, tensado vaginal, láser, radiofrecuencia, procedimientos quirúrgicos y no quirúrgicos que prometen mejorar la autoestima a través de la modificación del cuerpo íntimo. La promesa parece moderna, sofisticada y hasta empoderadora. Pero debajo de esa superficie persiste una lógica más vieja: que incluso una zona sana del cuerpo femenino puede y debe ajustarse a un ideal.
Las cifras que comparte Ursula dejan claro que no se trata de una tendencia marginal. En Estados Unidos, señala, la ginecología estética genera miles de millones de dólares al año, y si se incluyen procedimientos no quirúrgicos la cifra supera los doce mil millones. Frente a eso, formula la pregunta que debería acompañar cualquier conversación seria sobre este tema: “¿cómo llegamos a considerar normal que nuestros cuerpos se ajusten, se modifiquen, se corrijan, muchas veces con procesos costosos y dolorosos con la promesa de mejorar nuestra autoestima?”
Una de las respuestas que ofrece, apoyándose en las ideas de Emily Nagoski, es especialmente iluminadora: lo normal solo sirve cuando se usa como sinónimo de saludable. Fuera de eso, la palabra normal puede convertirse en una herramienta de presión. Ursula lo resume así: “No hay una manera en que tengan que verse nuestros cuerpos, nuestros pechos o nuestra vulva”. Y añade otra idea fundamental: “todas, cada una de nosotras tenemos las mismas partes, solo que están dispuestas de modo distinto”. Esa diferencia, en lugar de leerse como falla, debería entenderse como variación natural.
Lo que muchas veces se presenta como defecto anatómico no nace de la biología, sino de una cultura que necesita producir inseguridad para volverla consumo. Ursula lo dice con precisión al señalar que la idea de que existe una única forma correcta del cuerpo femenino responde a “una cultura que convierte la inseguridad en necesidad y la necesidad en una oportunidad de mercado”. Esa frase explica mucho. Primero se instala la duda. Luego se ofrece la corrección. Finalmente se vende alivio emocional bajo la forma de un procedimiento.
Pero el problema no termina en la estética. También atraviesa la sexualidad femenina y la manera en que se ha interpretado durante décadas. Ursula retoma una de las ideas centrales de Nagoski para explicar que el deseo femenino funciona a través de dos fuerzas: “aceleradores y frenos”. Algunos estímulos despiertan una respuesta sexual; otros la inhiben. Y en ese sistema, insiste, “el contexto lo es todo”. Una caricia puede sentirse deseada en un momento de conexión y totalmente fuera de lugar en medio del estrés, la prisa o la sobrecarga. Lo importante aquí es reconocer que el deseo femenino no existe aislado del contexto, como si debiera aparecer a voluntad o responder siempre del mismo modo.
Ese punto ayuda a desmontar otra idea muy dañina: que cuando una mujer no siente deseo en el momento esperado, el problema está necesariamente en ella. A veces no hay nada roto. A veces lo que hay es cansancio, miedo, tensión, distracción o una desconexión profunda con el propio cuerpo después de años de crítica y vigilancia. Por eso Ursula también introduce un concepto especialmente importante: “excitación no concordante”, cuando el cuerpo responde a un estímulo sin que exista una correlación mental o emocional. Nombra incluso el caso extremo de un orgasmo involuntario durante una violación y deja claro algo que no debería necesitar repetirse, pero aún hace falta decir con firmeza: “nada de lo que ocurre en el cuerpo justifica la agresión que ha sufrido” una mujer.
A partir de ahí, el texto se vuelve todavía más incisivo al revisar tres mensajes que siguen moldeando la experiencia femenina. El primero sostiene que una de las responsabilidades de la mujer es complacer sexualmente al hombre. El segundo presenta la sexualidad femenina como un problema médico cuando no se ajusta al ritmo o a las expectativas de la pareja. Y el tercero agrega una presión aparentemente opuesta, pero igualmente invasiva: ya no basta con ser recatada; ahora también habría que ser intensamente sexual, multiorgásmica, siempre disponible y perfectamente segura de sí misma, como si el deseo femenino tuviera que rendir según tendencias ajenas. Ursula llama a esto una “neurosis mediática moderna”.
Todo esto desemboca en una herida que muchas mujeres reconocen sin haberla nombrado: el momento en que dejan de habitar su cuerpo con naturalidad y comienzan a administrarlo bajo vigilancia. Ursula lo expresa con claridad: “hay un punto de quiebre entre la niñez y la pubertad cuando muchas mujeres dejamos de apreciar nuestro cuerpo”. De pronto aparece el monitoreo del peso, de las formas, del comportamiento, incluso de la ambición. Y ese rechazo, advierte, “es uno de los mayores frenos cuando se trata de disfrutar de la sexualidad”.
Frente a todo eso, la invitación final no es ingenua ni decorativa. No se trata de imponerse una autoestima perfecta ni de reemplazar una exigencia por otra. Se trata de interrumpir el hábito de la crítica como única forma de relación con una misma. Ursula propone algo más radical y más humano: “En lugar de criticarnos, tratemos de celebrarnos”. Y remata con una idea que funciona como brújula: “dejemos de criticarnos”, porque esa crítica constante “solamente genera estrés y que a su vez nos limita”.
Tal vez ahí empieza una relación más libre con el cuerpo: no cuando por fin encaja en un ideal, sino cuando una mujer deja de aceptar sin cuestionamiento la historia que le enseñaron a creer sobre él. Esa búsqueda de reconexión, respeto y presencia dialoga de forma natural con la misión de Yuriyana Club de acompañar a las mujeres hacia una vida más plena a nivel emocional, físico y sexual a través del conocimiento y de conexiones que enriquecen.
Puedes encontrar el video complementario a este artículo aquí: https://youtu.be/bQR4JaIO1vg


