El cuerpo como territorio propio: deseo, conciencia y autonomía

Hablar de sexualidad femenina sigue siendo incómodo. No porque no exista interés, sino porque rara vez se aborda con un lenguaje sereno, informado y libre de caricaturas. Se habla —sí— pero muchas veces desde la risa nerviosa, el doble sentido o el juicio.

La obstetra y sexóloga Lyzzeth Alvarado lo explica con claridad: no es que no exista necesidad de hablar del tema; es que todavía pesan tabúes, creencias heredadas y aprendizajes culturales que dificultan hacerlo con naturalidad. La sexualidad, señala, ha sido transmitida durante generaciones más como advertencia que como conocimiento.

Reconectar con el cuerpo comienza, entonces, por desmontar esa herencia.

Uno de los aportes centrales de la sexología contemporánea es despatologizar la sexualidad. No se trata de buscar ayuda solo cuando algo “está mal”, sino de entender que el acompañamiento profesional también puede abrir posibilidades. Comprender cómo funciona nuestro cuerpo, cómo responde, cómo cambia con las etapas de vida, no es un lujo: es parte del autoconocimiento.

Y el autoconocimiento empieza por algo elemental y profundamente transformador: la mirada.

Muchas mujeres no se han observado desnudas sin juicio. Se miran, sí, pero desde una voz crítica que enumera defectos. El ejercicio que propone Liset es distinto: mirarse con atención y reconocer lo que sí está bien, lo que sí gusta, lo que sí es propio. No se trata de negar inseguridades, sino de no permitir que la mirada crítica sea la única.

Después viene el tacto.

Aprender a tocarse no solo desde el placer, sino desde la familiaridad. Conocer la propia anatomía, observar los genitales, entender su forma, su textura, sus cambios. Este paso no es menor: muchas mujeres llegan a consulta sin haber explorado nunca su vulva. La falta de conocimiento no solo limita el placer; también puede afectar la salud.

Pero reconectar no significa centrar todo en los genitales. Liset habla de desgenitalizar la sexualidad: ampliar el mapa corporal. La piel entera es sensible. Las sensaciones no están confinadas a una zona específica. Redescubrir el cuerpo implica aceptar que somos más que un conjunto de partes aisladas.

También implica reconocer que nuestra biología influye. El ciclo menstrual, la ovulación, la menstruación, la perimenopausia y la menopausia modifican energía, ánimo y deseo. Comprender esos procesos ayuda a dejar de interpretar cada variación como un fallo personal. No es inestabilidad; es naturaleza.

Otro punto crucial es la autonomía.

Existe una confusión frecuente entre tener actividad sexual y tener soberanía sexual. No son lo mismo. La autonomía implica decidir desde el deseo propio, no desde la necesidad de aprobación. Muchas mujeres aparentan seguridad, pero siguen midiendo su valor a partir de la validación externa: de la pareja, del grupo de amigas, de estándares sociales.

La verdadera conexión no necesita exhibición.

Reconectar con el cuerpo es también desaprender comparaciones. No todas tenemos la misma frecuencia de deseo, ni las mismas preferencias, ni los mismos ritmos. No existe una plantilla universal que cumplir. La sexualidad es experiencia individual antes que desempeño colectivo.

Un ejercicio sencillo puede abrir el camino: elegir una música que nos identifique, crear un espacio privado y aplicar crema o aceite sobre la piel con plena atención. No mientras resolvemos pendientes. No como tarea automática. Con presencia.

La conciencia transforma lo cotidiano.

El impacto de este proceso va más allá del plano erótico. Liset observa cómo, cuando una mujer se reconoce como un ser sexual autónomo, cambia su postura, su mirada y su manera de ocupar espacio. La autoestima no se construye únicamente con discursos positivos; también se fortalece cuando el cuerpo deja de ser territorio de crítica y se convierte en territorio propio.

Reconectar con el cuerpo no es un acto radical. Es un regreso. Un regreso a la experiencia directa, a la sensación, a la escucha interna. Es recordar que la sexualidad no es un accesorio de nuestra identidad, sino una dimensión que nos acompaña toda la vida.

Y cuando dejamos de mirarnos desde afuera para empezar a habitarnos desde adentro, algo se ordena. No porque hayamos alcanzado un ideal, sino porque empezamos a reconocernos completas.

Puedes ver el episodio complementario aquí: https://youtu.be/4oD_qm0f-ZE

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