¿Cómo reconocer a nuestra Diosa interior?

Hay mujeres que pasan años enteros lejos de sí mismas sin darse cuenta. No porque hayan dejado de existir en su propia vida, sino porque aprendieron a acomodarse tan bien a los deseos, ritmos y expectativas de los demás que su propia voz terminó bajando de volumen. Primero se cede en cosas pequeñas. Qué pedir en un restaurante. Cómo vestirse. Qué decir. Qué no decir. A qué incomodidad restarle importancia. Después, casi sin notarlo, esa costumbre se vuelve una forma de estar en el mundo: una manera de sobrevivir sin incomodar, de amar sin ocupar demasiado espacio, de existir sin preguntar demasiado qué se quiere de verdad.

La psicóloga y fundadora de Sex Talk Karla Ezaine propone mirar ese distanciamiento desde una imagen poderosa: la diosa interior. No como algo místico o ajeno, sino como una parte profundamente propia, íntima y concreta. En sus palabras, esa diosa es “esa parte que está dentro de nosotras mismas, que es intuitiva, sensible, segura, poderosa y que es capaz de habitar el cuerpo de una manera de presencia y conciencia”. También es, dice, la parte de una mujer que puede verse “con amabilidad, con respeto y con esa seguridad de saber quién eres y hacia dónde vas”.

Lo interesante de esta idea es que no parte de la fantasía de convertirse en alguien nueva. Parte, más bien, de recuperar una relación interrumpida. Porque una de las preguntas más honestas que atraviesan este tema es precisamente esa: ¿cómo se pierde algo tan esencial? ¿En qué momento una mujer deja de escucharse con claridad y empieza a vivir más pendiente del exterior que de lo que realmente siente, necesita o desea?

Karla Ezaine sitúa el origen de esa desconexión en una combinación conocida: juicios, creencias, mandatos y una cultura que define demasiado pronto qué debe ser una mujer y qué no. Desde muy pequeñas, explica, muchas han crecido en contextos donde esa parte intuitiva y segura quiso salir, pero fue frenada. No siempre con violencia explícita. A veces basta con repetidas señales culturales sobre cómo debe comportarse una mujer, qué debe priorizar, cómo debe verse o cuánto espacio se le permite ocupar.

Nuestra cofundadora Ursula Pfeiffer pone palabras muy precisas a ese momento de quiebre cuando recuerda que existe un punto, entre la niñez y la pubertad, en que muchas niñas empiezan a desconectarse de su cuerpo. Lo observa también a partir de su experiencia en el ámbito deportivo: muchas dejan de practicar deporte entre los 10 y 11 años, no necesariamente porque hayan perdido el gusto, sino porque empiezan a pesar demasiado ciertos mandatos sobre cómo debe verse y comportarse el cuerpo femenino. Como señala Ursula, aparece de pronto una serie de restricciones: “la mujer supuestamente no debe sudar, la mujer no debe andar despeinada, la mujer no debe andar desaliñada”. Y cuando el cuerpo deja de ser un espacio de juego para convertirse en un objeto bajo vigilancia, algo profundo se interrumpe.

Esa interrupción no siempre se vive como tragedia visible. A veces se manifiesta en detalles aparentemente mínimos que, sin embargo, revelan una desconexión profunda con el propio deseo. Ursula trae a colación una escena de Runaway Bride que resulta especialmente iluminadora: la protagonista no sabe cómo le gustan los huevos porque, en cada relación, había adaptado incluso ese gusto a la preferencia de su pareja. La anécdota puede parecer ligera, pero apunta a algo serio. ¿Cuántas mujeres han aprendido a acomodarse tanto que incluso pierden de vista sus preferencias más básicas?

Ursula lleva esa observación al terreno cotidiano con un ejemplo muy reconocible: una mujer que no disfruta comer carne termina igual en una churrascaría porque siente que sería egoísta no acompañar a su pareja. El punto no es el menú. El punto es la renuncia automática, casi invisible, a la propia preferencia. Es ahí donde la pregunta deja de ser solo qué se quiere comer y se vuelve algo más hondo: ¿cuánto tiempo lleva una mujer eligiendo en función de otros antes de preguntarse qué quiere ella?

Por eso la propuesta de reconectar con la diosa interior no suena a consigna vacía, sino a proceso de reconciliación. Ursula lo nombra con mucha claridad cuando dice que volver a comunicarse con ese ser auténtico probablemente implique reconocer que estuvo desatendido durante años. Y Ezaine coincide: lo difícil de escuchar a esa diosa no es que no exista, sino que “no estamos acostumbradas a hacerlo”. Las comparaciones, las críticas frente al espejo, los mandatos sobre lo que debe ser una mujer y la atención constante puesta en el exterior terminan impidiendo la mirada hacia adentro.

Karla recurre incluso a una imagen corporal para explicar ese proceso. Habla de la shavasana en yoga, esa postura final en la que una persona simplemente se recuesta, cierra los ojos y permanece consigo misma. Dice que, al inicio, suele ser incómoda: cuesta quedarse quieta, cuesta no mirar el reloj, cuesta no salir corriendo del silencio. Y algo parecido ocurre con el reencuentro interior. No se entra de golpe a una intimidad restaurada. Se empieza, dice ella, casi como cuando se retoma el contacto con alguien con quien no se ha hablado en mucho tiempo: con un “hola” sencillo, torpe, inicial.

Esa imagen resulta especialmente útil porque desmonta otra trampa contemporánea: la idea de que el autoconocimiento llega en forma de gran revelación instantánea. En realidad, muchas veces se parece más a una práctica de presencia. A notar el cuerpo. A reconocer señales sutiles. A percibir cuándo algo incomoda, cuándo algo se siente bien, cuándo una intuición intenta hablar. Karla insiste en que el cuerpo avisa, pero solo puede escucharlo quien está en diálogo consigo. Quien vive completamente volcada hacia afuera difícilmente percibe esos matices.

Y ese diálogo no solo transforma la relación con una misma. También cambia la forma de relacionarse con otras mujeres y con el mundo. Ezaine subraya que reconectar con esa fuerza interior trae seguridad, pero no una seguridad competitiva. Al contrario: permite dejar de mirarse en comparación constante y empezar a reconocer que cada persona “brilla con una luz diferente”. Desde ahí aparece algo más cercano a la empatía que a la rivalidad. Ya no se trata de preguntarse por qué a otra mujer le va bien y a una no, sino de poder reconocer el brillo ajeno sin sentir que amenaza el propio.

Ursula también toca un punto clave al recordar que muchas mujeres viven hoy comparándose no con la realidad, sino con una versión cuidadosamente editada de los demás, sobre todo en redes sociales. Esa comparación continua con “el mejor momento del otro” alimenta tanto la desconexión como la competencia interna. Por eso volver a una relación más honesta con una misma puede ser, en cierto modo, un acto de resistencia. No porque niegue el contexto, sino porque deja de entregarle al contexto toda la autoridad.

En el fondo, hablar de diosa interior no es hablar de perfección. Es hablar de presencia. De la posibilidad de escucharse con más respeto, de reconocer el propio valor sin esperar que otros lo definan primero y de volver a una relación menos hostil con el cuerpo, el deseo y la intuición. Como sugiere Karla, quizá una de las primeras ganancias de ese proceso sea justamente esta: descubrir que una no está sola consigo misma. Que hay dentro una voz, una fuerza, una sensibilidad que no desapareció; solo estaba esperando ser atendida de nuevo. Esa posibilidad de reconexión está profundamente alineada con la misión de Yuriyana Club de acompañar a las mujeres hacia una vida más plena a nivel emocional, físico y sexual a través del conocimiento y de conexiones que enriquecen.

Puedes encontrar el video complementario a este artículo aquí: https://youtu.be/p9xrZ3bdlq8

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