Aceptación radical: cuerpo, mirada y autoestima

Hay momentos históricos que se sienten como paradoja. Avanzamos en derechos —al menos sobre el papel— y, al mismo tiempo, se estrechan los márgenes de lo “aceptable” para el cuerpo de la mujer. Se abre la voz pública, pero se intensifica la vigilancia estética. Se habla de autonomía, mientras reaparecen discursos que idealizan roles tradicionales como si fueran el único destino legítimo.

En medio de esa contradicción, nosotras volvemos a una pregunta que parece simple, pero no lo es: ¿qué nos pasa cuando nos miramos?

La psicopedagoga Analía Pereira nos ofrece una frase que ordena la conversación desde el inicio: “habitamos un cuerpo… y ese cuerpo es un cuerpo social”. No es solo lo orgánico, lo visible, lo medible. Es también una historia: mandatos, prejuicios, expectativas, formas de ser deseadas, formas de ser leídas. Y hoy, más que nunca, ese “cuerpo social” está expuesto a una presión constante, ininterrumpida, que no se apaga al cambiar de canal porque vive en el bolsillo, en la pantalla, en el scroll infinito.

A veces hablamos de “autoestima” como si fuera un accesorio emocional. Algo que se compra en frases lindas. Pero lo que está en juego aquí es más profundo: la manera en que se construye nuestra identidad, desde niñas, a partir de lo que vemos, lo que nos devuelven, lo que se premia y lo que se sanciona.

El cuerpo como territorio en disputa

Ursula Pfeiffer nos invita a considerar una idea incómoda, pero necesaria: el cuerpo de la mujer suele ser un espacio donde otros sienten derecho a opinar. A decidir qué está “bien”, qué está “mal”, qué “debería” corregirse. Y lo peor es que esa mirada externa termina por instalarse adentro. No solo nos evalúan: aprendemos a evaluarnos con la misma dureza. Esa es la doble mirada crítica: la propia y la internalizada.

Cuando decimos “cuerpo social”, estamos diciendo esto sin rodeos: el cuerpo se vuelve un campo de batalla simbólico. Y el primer bastión es la imagen. La cara. La piel. El peso. La edad. La supuesta “normalidad”.

Analía lo enlaza con algo que muchas intuimos pero pocas nombramos sin culpa: vivimos en una lógica que mercantiliza nuestros cuerpos. No solo propone productos; propone defectos. Los inventa, los señala, los amplifica, y luego nos ofrece la solución. A veces la solución es una crema. A veces es una cirugía. A veces es un filtro que, con el tiempo, se vuelve el rostro que creemos que deberíamos tener.

En esa dinámica, la juventud se hipervalora y la vejez se vuelve casi una amenaza. No porque sea mala, sino porque “no vende”. Y eso tiene consecuencias psicológicas reales: si el cuerpo que cambia deja de ser visto como deseable, la mujer que habita ese cuerpo empieza a sentir que pierde valor.

La vergüenza corporal no es natural: se aprende

Hay una frase de Analía que atraviesa la clínica —y atraviesa a muchas mujeres— con una crudeza silenciosa: ¿cómo le vamos a pedir placer a un cuerpo lleno de vergüenza?

Ella lo describe con ejemplos concretos, cotidianos: mujeres que no quieren apagar la luz; mujeres que no se sacan el corpiño; mujeres que evitan ciertas posturas porque “se les ve” algo. No hablamos de moral. Hablamos de vergüenza. De la vergüenza como interrupción del deseo.

Porque el placer necesita presencia. Y la presencia se rompe cuando estamos en vigilancia: “no me mires aquí”, “no me toques allá”, “que no se note esto”. Ese diálogo interior se vuelve una barrera invisible: el cuerpo está, pero no está habitado.

Ursula nos recuerda que hay algo violento en la invitación permanente a no ser naturales. A creer que lo normal ya no es lo natural. A tratar la vida como si fuera una foto que se edita. Y no es un detalle: esa normalización de lo artificial cambia la percepción colectiva. Con el tiempo, lo alterado se siente “común”, y lo natural empieza a verse como “insuficiente”.

Aceptación radical no es resignación

Aquí conviene hacer una distinción importante: aceptación radical no significa resignarse. No significa “ya está, no me importa nada”. Significa algo más complejo y más real: reconocer el cuerpo como territorio propio, y decidir desde ahí.

Analía lo dice sin romantizarlo: no es sencillo. Es un proceso. Nos pasa a todas, incluso a quienes lo piensan críticamente. Porque no se trata de apagar la influencia social de un día para otro. Se trata de desarrollar pensamiento crítico: preguntarnos por qué deseamos lo que deseamos, de dónde viene ese deseo, a quién beneficia.

Y al mismo tiempo, sin caer en el juicio a otras mujeres. Porque no se trata de convertirnos en policía de nadie. No se trata de señalar a quien se tiñe, se maquilla o se opera. Se trata de recuperar una posibilidad básica: elegir con conciencia. Elegir sabiendo qué nos hace bien, qué nos hace daño, qué nace del cuidado y qué nace del castigo.

Ursula nos propone una herramienta simple que, en realidad, es entrenamiento emocional: cuando aparezca la crítica, responder con celebración. No como negación, sino como reencuadre. Si el espejo te lanza un defecto, recordarte una función, una historia, una vida: estas piernas me llevan, este cuerpo me sostiene, esta piel ha vivido. Es construir una voz interna que no se sume al mundo que ya critica.

Cuidado versus mandato: aprender a distinguir

En el centro de esta conversación hay una pregunta práctica: ¿cómo distinguimos el cuidado real del mandato disfrazado?

Analía propone una brújula clara: salud y bienestar. Preguntarnos qué impacto tiene eso en nuestra salud, en nuestra vida, en nuestro estrés, en nuestra capacidad de disfrutar. Ir al gimnasio por fuerza y vitalidad no es lo mismo que dejar de comer por vergüenza. Comer saludable para sentirnos bien no es lo mismo que vivir castigándonos para “entrar” en un molde.

También nos recuerda algo urgente: acompañar a las niñas y adolescentes. Porque su identidad está en construcción, y hoy construyen autoestima en un entorno saturado de comparación. Si una niña crece escuchando “qué gorda estoy”, aprende que subir de peso es valor negativo. Si crece sola frente a TikTok, aprende sin filtro. Por eso, el acompañamiento no es control: es presencia. Preguntar. Abrir conversación. Ofrecer una mirada externa que habilite reflexión.

No “tenés que”. Sino: ¿esto te hace bien? ¿por qué lo querés? ¿qué sentís cuando te mirás?

Amarnos hoy también es un acto radical

Analía lo dice con una lucidez que no necesita adornos: amarnos en un mundo que insiste en señalarnos como inadecuadas es un acto revolucionario. Y aquí vale una aclaración: no hablamos de un amor propio eslogan, vacío, romántico. Hablamos de un amor que se construye a fuerza de práctica. Un amor que no es punto de llegada, sino proceso.

Aceptar el cuerpo —este cuerpo real, con historia, con tiempo, con cambios— es también recuperar el derecho al goce. No como deber, sino como posibilidad. Y si el sexo es conexión, como plantea Analía, conectar con una misma es parte del camino.

No para ser “perfectas”.
Para estar presentes.
Para habitar el cuerpo sin miedo.
Para que el deseo no tenga que negociar con la vergüenza.

Te invitamos a ver el video complemento “Aceptación Radical: Cuerpo, Mirada y autoestima”, donde entrevistamos a Analía Pereira sobre este tema: https://youtu.be/RjPLYIBxUpw

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