Empoderarte no es dominar: es volver a ti

Hay palabras que llegan con ruido. “Empoderamiento” es una de ellas. A veces se interpreta como amenaza: como si hablara de una pugna, de alguien tomando poder sobre alguien más. Pero en su sentido más íntimo —y más útil— empoderarte no es competir. Es recuperar autonomía. Es volver a ti.

La sexóloga Lyzzeth Alvarado lo define con una frase que ordena el tema sin estridencia: vivir una sexualidad libre, saludable y placentera. Esa definición no apunta hacia afuera; no acusa, no invade, no pretende controlar a nadie. Se parece más a una brújula que a una bandera. Y quizá por eso incomoda: porque no pide permiso.

En teoría, podríamos pensar que ya está resuelto. Que estamos en el siglo XXI, que existe un marco de derechos, que “en el papel” hay igualdad. La pregunta cae por su propio peso: si ya somos iguales ante la ley, ¿por qué seguir hablando de empoderamiento sexual?

Porque la ley no descansa en tu espalda.

En la vida real, muchas mujeres habitan una desigualdad que no siempre tiene forma de prohibición explícita, pero sí de rutina. Se cuela en el reparto del tiempo, del cansancio, de las tareas, de la disponibilidad emocional. Y esa vida —la vida de verdad— también entra a la cama. En otras palabras: la sexualidad no vive en un compartimento aislado. Es parte del mismo cuerpo que trabaja, cuida, decide, se agota, se sostiene y sostiene a otros.

Una de las ideas más reveladoras que plantea Alvarado es esta: el sistema social, especialmente en buena parte de Latinoamérica, ha sido construido con una mirada que prioriza necesidades masculinas. Por eso, aunque existan derechos, no siempre existen condiciones para ejercerlos con la misma libertad. El mundo laboral, por ejemplo, no está diseñado para acompañar sin costo el proyecto de maternar o criar. Y aun cuando una mujer no sea madre, suele cargar con tareas de cuidado: padres mayores, familia extendida, organización doméstica. Es un trabajo invisible que se da por hecho y que, sin embargo, consume energía real.

Ese desgaste tiene consecuencias eróticas. No como castigo ni como “falta de amor”, sino como fisiología y contexto. Muchas veces el deseo no se rompe: se queda sin espacio.

La escena es común, y por eso mismo merece ser nombrada. Dos personas trabajan fuera de casa. Regresan. Y dentro del hogar, la carga se distribuye de manera inequitativa. Al poco tiempo, ella está exhausta; él percibe distancia; aparece la queja: “ya no es como antes”. La pregunta “¿qué pasó?” se responde con algo incómodo de aceptar: pasó la vida… pero la vida cayó más de un lado que del otro.

Hablar de empoderamiento sexual, entonces, no es hablar solo de prácticas, ni de técnicas, ni de “mejorar la intimidad” como quien mejora un hábito. Es hablar de autonomía y de justicia cotidiana. Es asumir que la sexualidad está atravesada por economía, roles, educación, crianza, expectativas sociales y por esa herencia cultural que todavía nos dicta —a hombres y mujeres— cómo se debe amar.

Esa herencia también explica otro malentendido frecuente: que el empoderamiento sexual traerá libertinaje, desorden, “el fin de la especie”. Alvarado responde a esas alarmas con un recordatorio esencial: la sexualidad humana es inherente a cada persona desde el vientre hasta la muerte. Hablar de sexualidad es hablar de salud. Negarlo no lo elimina; solo deja un vacío que se llena con información pobre, mitos y referentes distorsionados.

Entre esos referentes, uno pesa más de lo que admitimos: la pornografía asumida como educación sexual. No hace falta demonizarla para reconocer el riesgo. Cuando se convierte en manual, fabrica estándares irreales, guiones rígidos, expectativas imposibles. Y en ese guion, el placer femenino suele aparecer mal explicado o reducido a un mapa ajeno. Por eso es importante decirlo con claridad y sin espectáculo: para muchas mujeres, el placer se relaciona más con la estimulación del clítoris que con la penetración. Lo obvio, a veces, necesita ser dicho en voz alta para dejar de ser ignorado.

Pero quizá el corazón de este tema no esté solo en el cuerpo; está también en el lenguaje. El empoderamiento se construye con palabras: las que una mujer se permite decir, las que aprendió a callar, las que teme que la vuelvan “demasiado” o “incorrecta”. A lo largo de generaciones se nos enseñó a ocupar menos espacio: menos voz, menos deseo, menos ambición, menos incomodidad. Se nos educó para dar amor disminuyéndonos. Mientras tanto, a muchos hombres se les enseñó que amar es proveer, sostener económicamente, resolver; no necesariamente escuchar, acompañar, abrirse, mostrar fragilidad.

Ese desbalance no solo perjudica a las mujeres. También construye masculinidades tensas, presionadas por no sentir, por no llorar, por no dudar; y esa presión, sin trabajo emocional, puede volverse agresividad. No se trata de justificar la violencia, sino de entender sus raíces para poder cambiar el origen, no solo apagar el incendio.

¿Y cómo se cambia algo así sin convertirlo en una batalla permanente? Construyendo puentes. No desde el ataque, sino desde la comunicación efectiva. Comunicar no para convencer, sino para entender. Entender la perspectiva del otro no significa adoptarla; significa verla con claridad. Y desde ahí, decidir.

Aquí aparece una propuesta tan simple como potente: usar el arte y el juego como mediadores. Historias, imágenes, metáforas, humor suave. Formas de decir sin exponerse de golpe. Formas de abrir conversación en familias donde el tema todavía se percibe como amenaza. No para relativizar lo importante, sino para permitir que la verdad circule sin miedo.

Ser dueña de tu intimidad no significa tener siempre ganas, ni “estar bien” todo el tiempo, ni responder a un estándar de vida sexual ideal. Significa poder nombrarte. Poder decir qué quieres, qué no, qué te conecta, qué te desconecta. Poder reconocer que tu deseo no es un deber, sino un lenguaje. Y que si ese lenguaje se apaga, vale la pena preguntarse primero por el contexto antes de culpar al cuerpo.

En el fondo, empoderarte es volver a ti: a tu derecho de decidir, a tu derecho de saber, a tu derecho de sentirte segura. No para dominar a nadie, sino para no ser dominada por silencios heredados.

Y si algo de esto te tocó, quizá la pregunta más honesta no sea “¿cómo lo arreglo?”, sino esta: ¿qué necesitaría cambiar en mi vida cotidiana para que mi deseo tenga espacio?

Te invitamos a ver el video complemento “Dueña de tu Intimidad” donde entrevistamos a Lyzzeth Alvarado sobre este tema: https://youtu.be/ec6E9nQMIGY

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