El poder que no se ve
El poder dentro de una relación no siempre se ejerce con gritos ni órdenes. A veces se filtra en gestos cotidianos: quién toma las decisiones, quién organiza la vida doméstica, quién se disculpa primero, quién tiene tiempo para sí. En esos pequeños desequilibrios se escribe una historia más amplia, heredada de siglos en los que el control y la autoridad tuvieron género.
La sexóloga Arola Poch lo explica con claridad: “Las dinámicas de poder aparecen cuando hay desequilibrio en la toma de decisiones o en las responsabilidades. Pueden ser acuerdos tácitos o imposiciones invisibles, pero siempre dejan huella.”
Nuestra cofundadora Ursula Pfeiffer añade: “Históricamente, el cuerpo, la economía y la voz de las mujeres fueron controlados. Aunque hayamos avanzado, los ecos de esa herencia aún se escuchan en muchas relaciones modernas.”
Reconocer ese pasado no es mirar atrás, sino entender el presente.
La herencia del control
Durante siglos, el poder económico fue una forma de dominio. El que proveía decidía. Y como los hombres eran quienes accedían al trabajo remunerado, la independencia femenina quedó condicionada a la aprobación o al apoyo masculino.
Hoy la realidad cambió, pero las estructuras mentales persisten. Cada vez más mujeres alcanzan grados universitarios, dirigen equipos, sostienen hogares enteros. Sin embargo, muchos estudios muestran que cuando una mujer gana más que su pareja, asume inconscientemente más tareas domésticas para “compensar”.
“Eso revela lo profundamente arraigado del rol de cuidadora”, señala Arola. “Incluso en contextos donde la mujer es económicamente independiente, siente que debe equilibrar el éxito con docilidad. Es el peso invisible del mandato histórico.”
El control económico se transforma, pero no siempre desaparece. Cambia de forma, se disfraza de amor, de cuidado o de costumbre.
Cuando el amor se confunde con jerarquía
Las relaciones sanas se construyen sobre acuerdos, no sobre jerarquías. Pero cuando uno de los dos decide más, escucha menos o impone sin notarlo, el vínculo se desequilibra. A veces es el hombre quien ejerce ese poder; otras, la mujer lo reproduce sin darse cuenta, repitiendo el modelo que aprendió.
Arola lo llama “el reflejo del patriarcado interiorizado”: “En las parejas heterosexuales sigue existiendo la idea de que el hombre lidera y la mujer cuida. Hemos avanzado, pero aún cargamos siglos de práctica emocional desigual.”
Ursula lo matiza con una mirada crítica: “El control no siempre viene de una intención de dominio. Muchas veces se hereda sin cuestionar. Lo difícil es reconocer cuándo el amor se convierte en administración, cuándo cuidar al otro se vuelve sinónimo de anularse.”
El poder y el dinero: la frontera silenciosa
En la intimidad del hogar, el poder económico sigue marcando terreno. Quien aporta más tiende a decidir más. Y cuando ese poder cambia de manos —cuando la mujer gana más—, aparecen nuevas tensiones.
Ursula cita estudios que muestran cómo algunas mujeres, al sentirse en ventaja económica, aumentan sus responsabilidades domésticas para “no herir el orgullo” de su pareja. “Es una forma de compensación inconsciente que mantiene vivo el desequilibrio”, reflexiona.
Arola lo define como un signo de alerta: “Si necesitamos bajar para que el otro no se sienta menos, algo en la relación no está equilibrado. El éxito de una pareja no debería medirse por quién gana más, sino por cómo ambos se sienten valorados.”
El dinero, en realidad, solo amplifica lo que ya existe: respeto o resentimiento, confianza o control.
El cuerpo como campo de poder
La historia del control no termina en la economía. También atraviesa el cuerpo y la sexualidad. “Durante siglos —recuerda Ursula— el cuerpo femenino fue tratado como una propiedad, un bien que se ofrece o se retira según el comportamiento del otro.”
Esa lógica transaccional aún sobrevive en frases como “me porto bien y tengo sexo” o “lo castigo con el silencio del cuerpo”. Arola advierte: “El sexo no puede ser un premio ni un castigo. Convertirlo en moneda de negociación es distorsionar su sentido más profundo: la conexión.”
Pero el otro extremo es igual de dañino: cuando sentimos que no podemos decir que no. “A veces —explica Arola— no cerramos el kiosco, como dice Ursula, no porque no queramos, sino porque creemos que debemos. Hemos interiorizado la obligación como parte del amor.”
Esa idea —que el deseo ajeno está por encima del propio— sigue siendo una de las formas más persistentes de desigualdad íntima.
Desequilibrio emocional y erosión del deseo
El poder no solo se ejerce con dinero o con autoridad; también con carga mental. Planificar, recordar, anticipar, cuidar… son tareas que recaen desproporcionadamente en las mujeres. Y ese agotamiento tiene consecuencias directas sobre el deseo.
“Las mujeres que asumen toda la logística del hogar, el trabajo y la crianza suelen llegar al final del día sin energía para la intimidad”, señala Arola. “No es falta de libido; es falta de espacio para el deseo.”
Ursula lo complementa: “Cuando una relación se convierte en un sistema de tareas y deudas, el deseo se apaga. El cuerpo no busca placer donde siente obligación.”
El cansancio, más que el desamor, es el gran enemigo de la intimidad.
El conflicto como camino hacia la igualdad
Hablar de poder no implica hablar de ruptura. El conflicto puede ser una herramienta de equilibrio, siempre que se aborde desde el respeto. “Las parejas que nunca discuten no son las más sanas”, advierte Arola. “A veces significa que una de las partes cede siempre. El verdadero peligro no es discutir, sino callar.”
La clave está en la comunicación consciente: hablar desde el “yo siento” y no desde el “tú haces”, evitar las generalizaciones, reconocer el conflicto como un problema compartido y no como una batalla. “Cuando discutimos para ganar, pierde la relación. Cuando discutimos para entendernos, ganamos las dos partes”, concluye Arola.
Hacia una intimidad sin jerarquías
Construir igualdad no significa eliminar las diferencias, sino redefinir el poder como responsabilidad compartida. Ursula lo expresa así: “La igualdad no es que todo sea idéntico; es que ambas partes puedan ser plenas sin pedir permiso.”
Arola coincide: “No se trata de quién manda, sino de cómo cuidamos el equilibrio. El respeto, la empatía y la comunicación son las bases de cualquier relación sana.”
La verdadera intimidad surge cuando el amor deja de ser una negociación y se convierte en un encuentro entre iguales: dos personas que eligen cada día escucharse, sostenerse y celebrar la libertad del otro.
Mira el episodio complementario “El Poder y el Amor: Dinámicas de Control en la Pareja” en nuestro canal de YouTube:
https://youtu.be/gh6KymPlrNg


