La Mujer Alfiler, Ozempic y GLP-1: ¿Estamos Normalizando la Inanición Femenina?

“La mujer de hoy constantemente se encuentra atrapada en un cuerpo no ideal, en un cuerpo no deseable que debe transformar con productos, medicamentos, incluso con cirugía.”

— Ursula Pfeiffer, cofundadora de Yuriyana Club

Hay una característica común a casi todos los estándares de belleza femenina de las últimas décadas: nunca permanecen quietos.

Durante un tiempo se nos dijo que debíamos ser extremadamente delgadas. Después llegaron las curvas. Luego los labios voluminosos. Más tarde los rostros afinados. Después los glúteos prominentes. Y ahora asistimos nuevamente al regreso de una figura que parecía haber quedado atrás: la extrema delgadez.

Nuestra cofundadora Ursula Pfeiffer ha denominado a este fenómeno “la mujer alfiler”. Una figura marcada por clavículas pronunciadas, costillas visibles, pómulos prominentes y una ausencia casi total de curvas femeninas. Un cuerpo que ha comenzado a dominar las alfombras rojas, las redes sociales y las campañas publicitarias, convirtiéndose rápidamente en un nuevo referente aspiracional para millones de mujeres.

Sin embargo, antes de preguntarnos cómo llegamos aquí, quizá deberíamos hacernos una pregunta más importante: ¿por qué cambian tanto los ideales de belleza femenina?

La historia nos muestra que los estándares de belleza nunca surgen en el vacío. Durante el Renacimiento europeo, por ejemplo, las figuras femeninas voluptuosas eran celebradas como símbolos de salud, abundancia y prosperidad. En una sociedad que había sufrido epidemias devastadoras y períodos recurrentes de hambruna, un cuerpo con curvas transmitía fortaleza y bienestar. La delgadez extrema, por el contrario, evocaba enfermedad y privación.

Pero algo ha cambiado.

Los ideales de belleza que antes evolucionaban lentamente a lo largo de generaciones hoy parecen modificarse cada pocos años. Y lo más preocupante es que la misma mujer debe adaptarse continuamente a esos cambios.

“Hoy la sociedad pareciera esperar que una misma mujer personifique todas las tendencias una tras otra”, señala Ursula. El resultado es una sensación permanente de insuficiencia. Nuestro cuerpo actual nunca parece ser el correcto. Siempre existe una nueva versión que deberíamos perseguir.

La consecuencia es una industria entera construida alrededor de esa sensación de insuficiencia.

Cuando una tendencia cambia, aparecen nuevos productos.

Nuevos tratamientos.

Nuevas intervenciones.

Nuevas promesas.

Y, por supuesto, nuevos mercados.

Uno de los ejemplos más evidentes hoy son los medicamentos GLP-1.

Originalmente desarrollados para ayudar a pacientes con diabetes tipo 2, estos fármacos se hicieron mundialmente conocidos debido a un efecto secundario particularmente atractivo para una sociedad obsesionada con el peso: la reducción del apetito.

Posteriormente comenzaron a utilizarse para el tratamiento de la obesidad bajo supervisión médica. Pero en pocos años dejaron de ser únicamente una herramienta clínica para convertirse en un fenómeno cultural.

La conversación ya no gira exclusivamente en torno a la diabetes ni siquiera a la obesidad. Hoy gira alrededor de la delgadez.

Y cuando eso ocurre, resulta inevitable preguntarse quién gana.

El mercado de medicamentos GLP-1 se ha convertido en uno de los segmentos farmacéuticos de mayor crecimiento del mundo. Compañías como Novo Nordisk y Eli Lilly proyectan ingresos de decenas de miles de millones de dólares impulsados por una demanda que se extiende mucho más allá de los pacientes para quienes estos tratamientos fueron originalmente desarrollados.

No se trata de cuestionar la utilidad médica de estos tratamientos para quienes realmente los necesitan. Existen pacientes para quienes representan una herramienta legítima dentro de un plan integral de salud.

La cuestión es otra.

¿Qué sucede cuando una solución médica comienza a moldear un ideal cultural?

¿Qué sucede cuando la apariencia asociada a un medicamento se convierte en el nuevo estándar de belleza?

¿Y qué ocurre con las mujeres que no encajan dentro de ese estándar?

La modelo Ashley Graham expresó recientemente su preocupación por esta tendencia, señalando que el auge de estos medicamentos representa un retroceso para muchos de los avances logrados por el movimiento de aceptación corporal. Su observación resulta particularmente relevante porque nos recuerda algo que con frecuencia olvidamos: los cuerpos femeninos no vienen en una sola forma.

Existen mujeres naturalmente delgadas.

Existen mujeres naturalmente curvilíneas.

Existen diferencias genéticas, metabólicas y estructurales que no representan fallas ni defectos, sino diversidad humana.

Sin embargo, cada vez que una cultura eleva un único tipo de cuerpo al nivel de ideal absoluto, todas las demás mujeres pasan a ser comparadas con él.

Y es ahí donde aparecen la inseguridad, la insatisfacción y la sensación constante de no ser suficientes.

“Cuando sentimos que estamos gordas, que somos feas o simplemente inadecuadas, vale preguntarnos: ¿a comparación de qué? ¿Con qué estándar me estoy comparando? ¿Quién dicta esos estándares?”

— Ursula Pfeiffer, cofundadora de Yuriyana Club

La fuerza de esa pregunta radica en que nos obliga a detenernos.

Porque muchas veces aceptamos automáticamente la idea de que existe algo incorrecto en nuestro cuerpo sin detenernos a analizar de dónde proviene ese juicio.

¿Quién decidió que una determinada talla representa éxito?

¿Quién decidió que un rostro debe tener ciertas proporciones?

¿Quién decidió que un cuerpo saludable debe parecerse a las imágenes que vemos diariamente en redes sociales?

Y quizá la pregunta más importante de todas:

¿Quién se beneficia de que nos sintamos insuficientes?

La respuesta rara vez es nosotras.

Cuando observamos con atención, descubrimos que existe toda una economía construida alrededor de la insatisfacción femenina.

La industria farmacéutica.

La industria cosmética.

La industria de la cirugía estética.

La industria de los suplementos.

La industria de la moda.

Todas ellas prosperan cuando creemos que existe algo en nuestro cuerpo que necesita ser corregido.

Por eso quizá una de las reflexiones más importantes de Ursula no tiene que ver con medicamentos ni con tendencias específicas, sino con el papel que nuestros cuerpos han llegado a ocupar dentro de la cultura contemporánea.

“Nuestros cuerpos femeninos se han convertido en espacios contenciosos donde la industria de la medicina, de la farmacéutica, del maquillaje, de la cirugía cosmética, de la moda, nos tratan constantemente de moldear y estandarizar.”

— Ursula Pfeiffer, cofundadora de Yuriyana Club

La palabra contenciosos resulta especialmente precisa.

Nuestros cuerpos se han convertido en territorios donde múltiples intereses compiten por definir qué significa ser atractiva, deseable, exitosa o femenina.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre perseguir la salud y perseguir una tendencia.

La salud busca fortalecer nuestro cuerpo.

Las tendencias buscan transformarlo.

La salud procura nuestro bienestar.

Las tendencias cambian constantemente.

La salud permanece.

Por eso, antes de perseguir cualquier nuevo ideal de belleza, vale la pena hacernos las preguntas que plantea Ursula. Preguntarnos quién define los estándares. Preguntarnos quién se beneficia de ellos. Y preguntarnos si aquello que perseguimos responde realmente a nuestra salud y bienestar o simplemente a las necesidades de un mercado que siempre necesitará vendernos una nueva versión de nosotras mismas.

Esa búsqueda de bienestar, autoconocimiento y autonomía forma parte también de la misión de Yuriyana Club: acompañar a las mujeres para que tomen decisiones informadas sobre su cuerpo, su salud y su vida desde sus propios valores, no desde estándares cambiantes impuestos por otros.

Puedes encontrar el video complementario a este artículo aquí: https://youtu.be/EIm1G50zdnw

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