Mujer y Ansiedad: Cómo Entenderla y Cómo Evitar que nos Controle

Vivimos en una época que parece diseñada para mantenernos en estado de alerta. Las noticias llegan sin descanso. Las exigencias se multiplican. Las decisiones importantes aparecen cada vez más temprano en la vida y, al mismo tiempo, las certezas parecen cada vez más escasas. En medio de todo ello, muchas de nosotras hemos llegado a aceptar la ansiedad como una compañera habitual, casi inevitable.

Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué es exactamente aquello que llamamos ansiedad. ¿Es simplemente miedo? ¿Es preocupación? ¿Es inseguridad? ¿O es algo más complejo?

La psicóloga Elizabeth Díaz propone una definición tan sencilla como reveladora: “La ansiedad siempre es maximizar el problema y minimizar nuestros recursos”.

La frase parece contener una verdad incómoda. Cuando la ansiedad toma el control, no necesariamente vemos amenazas más grandes de las que existen. Lo que ocurre es que dejamos de confiar en nuestra capacidad para enfrentarlas. El problema crece mientras nosotras nos hacemos pequeñas.

Por eso la ansiedad rara vez trata únicamente sobre aquello que ocurre afuera. También habla de la imagen que tenemos de nosotras mismas.

Desde muy pequeñas vamos construyendo creencias sobre quiénes somos y qué tan capaces somos de enfrentar el mundo. Algunas nacen de nuestras experiencias. Otras se forman a partir de los mensajes que recibimos de personas importantes en nuestra vida. A veces basta una crítica repetida, una comparación constante o una falta persistente de reconocimiento para sembrar una duda que puede acompañarnos durante años.

Cuando somos niñas, los desafíos suelen ser pequeños. Con quién sentarnos en el autobús escolar. Si seremos aceptadas por un grupo de amigas. Si haremos algo bien o mal. Pero cuando crecemos, las decisiones adquieren otra dimensión: cambiar de carrera, iniciar una relación, terminarla, tener hijos, no tenerlos, independizarnos, emprender un proyecto o atrevernos a cambiar de rumbo.

En esos momentos aparece la verdadera pregunta que alimenta gran parte de la ansiedad: ¿seré capaz?

No es casualidad que muchas veces la ansiedad aparezca precisamente frente a situaciones nuevas, inciertas o importantes. No estamos reaccionando únicamente al desafío que tenemos delante. También estamos reaccionando a todas las historias que hemos acumulado acerca de nuestras propias capacidades.

Lo interesante es que la ansiedad no siempre es una enemiga.

Elizabeth Díaz diferencia entre lo que llama una “ansiedad amiga” y una “ansiedad enemiga”. La primera cumple una función fundamental. Nos alerta frente a peligros reales. Nos ayuda a reaccionar ante situaciones que requieren atención inmediata. Gracias a ella podemos protegernos.

La segunda, en cambio, opera de manera distinta. Se activa frente a amenazas imaginarias o exageradas. Mantiene al organismo en estado permanente de vigilancia incluso cuando no existe un peligro real.

La consecuencia es un desgaste silencioso.

Nuestro cuerpo no distingue con facilidad entre una amenaza física inmediata y una amenaza construida por nuestra mente. Si vivimos constantemente anticipando catástrofes, imaginando escenarios negativos o preparándonos para problemas que nunca llegan, nuestro organismo permanece atrapado en una alerta continua.

Y esa tensión termina manifestándose de distintas formas. Fatiga, insomnio, problemas digestivos, dolores musculares, afecciones de la piel o dificultades respiratorias pueden convertirse en señales de que algo más profundo está ocurriendo.

Pero quizás uno de los aspectos más interesantes de la ansiedad es que no siempre se presenta de forma evidente.

A veces se disfraza.

Creemos que estamos evitando algo por falta de tiempo, por cuestiones económicas o por circunstancias externas. Sin embargo, cuando esas barreras desaparecen, encontramos otras nuevas.

Posponemos una cita médica porque estamos ocupadas. Cuando finalmente encontramos tiempo, surge otro inconveniente. Luego aparece una nueva razón para esperar un poco más. Y después otra.

Poco a poco, la postergación se convierte en un patrón.

Por eso Elizabeth Díaz insiste en la importancia de identificar nuestros disparadores. “Es muy importante que cada uno conozca su disparador”, señala.

No todas sentimos ansiedad por las mismas razones. Para algunas personas puede estar relacionada con la imagen corporal. Para otras, con el miedo al rechazo, al fracaso, al juicio ajeno o a perder el control.

Lo importante no es únicamente reconocer que sentimos ansiedad, sino comprender qué la está alimentando.

Porque cuando entendemos el origen del miedo, también comenzamos a identificar posibles soluciones.

A veces el problema es práctico y puede resolverse con cambios concretos. Otras veces descubrimos que la verdadera dificultad no está en la situación externa, sino en las creencias que cargamos acerca de nosotras mismas.

Esa toma de conciencia puede resultar incómoda, pero también profundamente liberadora.

Quizás por eso una de las ideas más valiosas de esta conversación tiene que ver con los llamados “deberías”.

Deberías tener pareja.

Deberías tener una casa propia.

Deberías ganar más dinero.

Deberías haber alcanzado cierto nivel profesional.

Deberías estar en otro lugar de tu vida.

“Los deberías son los que nos matan”, afirma Elizabeth Díaz.

Y tiene razón.

Vivimos rodeadas de expectativas que muchas veces ni siquiera nos pertenecen. Son aspiraciones familiares, sociales o culturales que terminamos adoptando como propias. Nos medimos contra calendarios ajenos. Evaluamos nuestro valor utilizando parámetros diseñados por otros.

La ansiedad encuentra terreno fértil precisamente ahí: en la distancia entre quienes somos y quienes creemos que deberíamos ser.

La paradoja es que, cuanto más intentamos cumplir expectativas imposibles, más lejos nos sentimos de la tranquilidad que buscamos.

Entonces, ¿cómo enfrentamos la ansiedad sin negar nuestras emociones ni fingir que todo está bien?

La respuesta no parece estar en eliminar el miedo, sino en desarrollar herramientas para relacionarnos mejor con él.

A lo largo de la conversación aparecen cuatro recursos especialmente valiosos.

El primero es la autorregulación.

Respirar conscientemente, hacer ejercicio, practicar meditación o simplemente detenernos unos minutos antes de reaccionar puede ayudarnos a reducir el nivel de alerta y recuperar perspectiva.

El segundo es la preparación.

Muchas veces la ansiedad prospera en los espacios vacíos. Cuando no sabemos qué esperar, nuestra imaginación suele llenar esos espacios con escenarios negativos. Prepararnos para una conversación difícil, una consulta médica o una presentación importante no elimina la incertidumbre, pero sí fortalece nuestra sensación de capacidad.

El tercero es la intención.

Preguntarnos para qué estamos haciendo algo puede transformar completamente nuestra experiencia. Cuando conectamos nuestras acciones con un propósito más amplio, dejamos de enfocarnos exclusivamente en el miedo y comenzamos a enfocarnos en aquello que queremos construir.

Y el cuarto es el autoconocimiento.

Cada persona necesita descubrir qué herramientas funcionan mejor para sí misma. Lo que calma a una persona puede resultar inútil para otra. Por eso conocernos no es un lujo. Es una necesidad.

A medida que desarrollamos ese conocimiento interno, también fortalecemos algo que suele recibir menos atención: la tolerancia a la frustración.

Porque ninguna estrategia funciona perfectamente todo el tiempo.

Habrá días difíciles. Habrá decisiones que no salgan como esperábamos. Habrá momentos en los que, a pesar de nuestros esfuerzos, volveremos a sentir miedo.

Eso no significa que estemos retrocediendo.

Significa que estamos viviendo.

Quizás la verdadera meta no sea convertirnos en personas inmunes a la ansiedad. Tal vez se trate de algo mucho más realista y mucho más humano: aprender a convivir con la incertidumbre sin permitir que gobierne nuestras decisiones.

La ansiedad nos susurra constantemente que no podremos. Que no estamos listas. Que algo saldrá mal.

Pero la experiencia demuestra otra cosa.

La mayoría de las veces, terminamos encontrando recursos que ni siquiera sabíamos que teníamos.

Y tal vez ahí resida una de las lecciones más importantes: no siempre podemos controlar lo que ocurre a nuestro alrededor, pero sí podemos aprender a confiar más en nuestra capacidad para responder a ello.

Esa búsqueda de mayor autoconocimiento, bienestar emocional y crecimiento personal forma parte también de la misión de Yuriyana Club: acompañar a las mujeres para que desarrollen herramientas que les permitan vivir con mayor plenitud, confianza y conexión consigo mismas.

Puedes encontrar el video complementario a este artículo aquí: https://youtu.be/2l-KaJ5HXx4

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