“¿Cuál es tu manera de amar?” La pregunta parece íntima, casi privada, como si naciera exclusivamente de la experiencia personal. Pero rara vez amamos desde cero. Antes de tener una pareja, antes incluso de saber nombrar lo que sentimos, ya estamos rodeadas de historias que nos enseñan qué se supone que debe conmovernos, qué clase de vínculo deberíamos desear y qué forma tendría que tomar el amor cuando finalmente llegue. Aprendemos a reconocerlo, a esperarlo y, muchas veces, a romantizarlo antes de haberlo vivido.
Ese aprendizaje no viene solo de la casa ni solo de las primeras relaciones afectivas. También se infiltra en los cuentos, en las películas, en las canciones, en las series, en todo ese caudal de imágenes y narrativas que va moldeando una expectativa. Nuestra cofundadora Ursula Pfeiffer lo dice con claridad: esas enseñanzas están “impregnadas en los cuentos, en las historias, en las películas, en las series, en todo el contenido” que nos refuerza una idea de lo que sería normal —y sobre todo natural— para una mujer cuando se trata de sentir, dar, esperar y romantizar el amor.
El problema es que no todas esas historias enseñan buen amor. Algunas, de hecho, hacen exactamente lo contrario. Presentan como romántica una dinámica de desgaste. Embellecen el sacrificio unilateral. Vuelven deseable la espera interminable. Llaman pasión a la posesión. Confunden intensidad con profundidad. Y, lo más delicado, convierten en ideal femenino la capacidad de postergarse, de comprender siempre, de ceder siempre, de amar incluso cuando la experiencia erosiona, entristece o desdibuja.
Ursula hace una distinción muy valiosa cuando dice que, con suerte, algunas mujeres habrán aprendido “el buen amor”, ese que “nos eleva, que nos permite dar sin perdernos, que no exige sacrificio, sino que nos invita a compartir y a cuidar de manera recíproca”. Pero también reconoce que son pocas las historias que refuerzan esa versión del amor. Muchas más insisten en otra pedagogía: la del drama, la del rescate, la del hombre herido que necesita ser entendido, salvado o soportado, y la de la mujer que demuestra cuánto ama precisamente por cuánto aguanta.
Ahí aparece una de las preguntas más incómodas del texto: ¿por qué tantas veces los hombres emocionalmente inestables, malhumorados, distantes o agresivos nos han sido presentados como más interesantes? ¿Por qué la bondad, la estabilidad emocional, la empatía y la apertura afectiva suelen escribirse como rasgos menos atractivos, más fofos, menos excitantes? Ursula lo formula de manera frontal cuando se pregunta: “¿De dónde nace esta idea de que la agresividad y el desapego emocional son deseables en un hombre?”
La pregunta importa porque obliga a revisar un archivo entero de galanes atormentados, hombres de silencios largos, berrinches intensos, heridas sin trabajar y conductas que, en la vida real, serían señales de alerta. Sin embargo, en la ficción suelen presentarse como pruebas de profundidad. Como si el amor verdadero consistiera en descifrar al hombre inaccesible, esperar a que madure, enseñarle a amar o salvarlo de sí mismo. Y como si una mujer se volviera más admirable en la medida en que está dispuesta a soportar más para ser elegida.
Ursula encuentra una clave para entender esta atracción en un libro que sigue resonando décadas después: Women Who Love Too Much, de Robin Norwood. La idea central que recupera es contundente: muchas mujeres terminan sintiéndose atraídas por parejas conflictivas, distantes o emocionalmente inaccesibles porque han aprendido a confundir el conflicto con el deseo y la intensidad con el amor. No solo eso. A veces, esas relaciones activan intentos inconscientes de reparar heridas mucho más antiguas, heridas que no empezaron en la pareja actual, sino en la infancia.
Ese matiz es fundamental. Porque desplaza la conversación de la culpa a la comprensión. No se trata de decir que una mujer “elige mal” por falta de inteligencia o criterio. Se trata de reconocer que los vínculos más nocivos a veces tocan algo familiar. Algo que no se siente bueno, pero sí conocido. Y lo conocido, incluso cuando duele, puede confundirse con amor si durante mucho tiempo fue el único lenguaje afectivo disponible. Por eso Ursula insiste en que un mal amor puede pasarle a cualquiera, pero cuando se vuelve patrón, ya no conviene romantizarlo: conviene mirarlo como señal de alerta.
Lo mismo ocurre con los celos y el control. Durante generaciones, muchas historias han enseñado a leerlos como prueba de amor. Como señal de intensidad. Como forma de deseo. Pero Ursula desmonta esa fantasía con una precisión necesaria: “detrás de la necesidad de poseer o controlar al otro, pocas veces está el amor. Lo que se esconde es más bien temor, inseguridad”. Esa lectura cambia mucho. Porque devuelve el foco a lo que realmente suele haber debajo de ciertas conductas románticamente embellecidas: carencias, miedo al abandono, incapacidad de confiar, hambre afectiva sin resolver.
Por eso vale la pena revisar qué historias nos enseñaron a considerar tiernas, épicas o profundamente románticas. Ursula menciona ejemplos reveladores: Penélope esperando eternamente en una estación; Como agua para chocolate, donde la protagonista ama hasta la muerte a un hombre que le prometía amor mientras construía su vida con otra; Cenicienta apostando su destino a un príncipe que prácticamente no conoce; La Sirenita sacrificando su voz con tal de acercarse a un hombre visto de lejos. Lo que une a estas historias no es solo su belleza narrativa, sino la insistencia en ciertos mandatos: esperar, comprender, sacrificarse, adaptarse, desaparecer un poco para amar más.
Y ahí aparece una pregunta dolorosamente vigente: ¿en qué momento aprendemos como mujeres que amar significa moldearnos? ¿Cuándo se volvió tan normal la idea de acomodarse, ceder, postergar, sostener al otro incluso cuando eso nos deja a nosotras a la intemperie? Ursula responde desde una observación cultural más amplia: a las mujeres se las sigue premiando por cuánto soportan, cuánto entregan, qué tan abnegadas son y cuán dispuestas están a poner sus deseos al final de la fila. La mujer ambiciosa todavía corre el riesgo de ser castigada con rechazo, burla o aislamiento. La mujer que se prioriza aún puede ser leída como egoísta.
Por eso el buen amor, en esta lectura, no puede confundirse con desaparición. Ursula lo dice con una belleza poco frecuente: “el buen amor es aceptación, celebración, exaltación, no de uno sobre el otro, sino de ambos en conjunto”. Esa definición desmonta mucho de lo que se ha presentado durante años como ideal femenino. Porque amar bien no debería implicar desdibujarse para sostener a otro, ni sacrificar la propia voz para que la relación sobreviva.
La reflexión se vuelve todavía más interesante cuando Ursula conecta estas ideas con la infancia y con los juegos. Los juegos, recuerda, no son solo juegos: son herramientas de aprendizaje. En ellos se ensayan destrezas, roles, maneras de moverse por el mundo. Y ahí también se aprende género. Jugar con muñecas es practicar el cuidado. Jugar a la comidita es practicar la atención doméstica. Mientras tanto, incluso hoy, muchos niños siguen creciendo sin que se les ofrezca con la misma naturalidad ese entrenamiento para cuidar, alimentar y sostener un hogar.
Ese desfase ayuda a explicar por qué tantas mujeres siguen llegando a la adultez con una preparación emocional y práctica para cuidar que no siempre se distribuye igual en sus parejas. Y por qué incluso en relaciones modernas, donde ambos trabajan y sostienen ingresos, muchas tareas domésticas siguen sintiéndose como ayuda masculina en lugar de corresponsabilidad compartida. Ursula lo capta con una honestidad brillante cuando corrige su propia frase: no debería decir que los hombres “ayudan” en casa, sino que aportan al hogar, porque también les corresponde.
En el fondo, esta pieza no solo pregunta cómo amamos, sino desde qué historias lo hacemos. Qué entendimos como romántico. Qué toleramos porque nos pareció natural. Qué seguimos llamando amor cuando quizá es miedo, costumbre o una narrativa mal aprendida. Revisar esas historias no implica dejar de disfrutar la ficción ni volverse inmune a su encanto. Implica, más bien, adquirir una segunda mirada. Una mirada capaz de distinguir entre lo que emociona y lo que conviene imitar. Entre la intensidad del relato y la salud del vínculo. Entre el hechizo y la realidad. Esa búsqueda de un amor más consciente, más recíproco y menos sacrificial conversa de forma natural con la misión de Yuriyana Club de acompañar a las mujeres hacia una vida más plena a nivel emocional, físico y sexual a través del conocimiento y de conexiones que enriquecen.
Puedes encontrar el video complementario a este artículo aquí: https://youtu.be/yqIbxawQSGY


