Las Palabras como Trampa: Reconoce las que te quitan poder

Calladita más bonita.” La frase sigue ahí, circulando con disfraz de consejo, de broma o de costumbre, como si no cargara dentro una idea feroz: que una mujer vale más cuando ocupa menos espacio, cuando no incomoda con su pensamiento, cuando no interrumpe el guion. Nuestra cofundadora Ursula Pfeiffer la menciona no como reliquia verbal, sino como evidencia de algo más profundo: la manera en que el lenguaje va dibujando, recortando y reduciendo a la mujer hasta volver aceptables formas de desprecio que, repetidas lo suficiente, acaban pareciendo naturales.

Hay palabras que no solo describen; también disciplinan. Algunas enseñan qué se espera de una mujer. Otras le recuerdan qué parte de sí debería esconder. Otras, más perversas, le enseñan a verse con los ojos de quienes nunca la han mirado entera. Por eso la discusión sobre el lenguaje no es un lujo teórico ni una obsesión semántica. Es una discusión sobre poder. Sobre quién nombra, desde dónde nombra y qué se vuelve posible cuando una persona ha sido narrada durante generaciones como menos racional, menos compleja o menos humana que su contraparte masculina.

Ursula lo formula desde el inicio con dos preguntas que parecen sencillas, pero no lo son: “¿Cómo enmarcan las palabras que usamos nuestra experiencia? ¿Cómo delimita la manera en que hablamos de nosotras mismas nuestra capacidad, nuestro potencial y nuestra autoestima?” La pregunta se vuelve más afilada cuando sale del terreno íntimo y entra en el social. Porque no solo importa cómo una mujer se habla a sí misma; importa también cómo la nombran quienes la rodean, cómo se habla de “su naturaleza innata, inherente como mujer” y qué ideas quedan pegadas a esa descripción.

El problema empieza cuando ciertas palabras parecen inocentes porque se han vuelto costumbre. Si se dice que las mujeres son emocionales, lo que se insinúa —dice Ursula— es que no son racionales. Si se las llama el sexo débil, se borra de un plumazo la fuerza cotidiana de quienes cargan con el bienestar propio y ajeno, trabajan dentro y fuera del hogar y sostienen vínculos, cuidados y responsabilidades múltiples sin que eso siempre reciba nombre, reconocimiento o descanso. Y si se las compara con animales, el desliz deja de ser metafórico y se vuelve político: “Estamos animalizando a la mujer, convirtiéndola en un ser salvaje de instintos”. El siguiente paso es inevitable: “Le estamos deshumanizando”.

Esa deshumanización tiene consecuencias concretas. Una mujer convertida en instinto, en cuerpo o en adorno deja de ser percibida como interlocutora plena. Su voz molesta más rápido. Su inteligencia importa menos. Su criterio se vuelve secundario. De ahí que frases como “calladita más bonita” no sean folklore menor, sino síntesis brutal de un sistema: si habla, interrumpe; si calla, embellece. Lo que se celebra no es su presencia, sino su silencio.

Lo grave es que esta lógica rara vez se presenta como agresión abierta. Llega en forma de chiste, de piropo, de expresión coloquial, de canción, de costumbre heredada. Y precisamente por eso se vuelve más difícil de desafiar. Porque muchas mujeres aprenden a dejarlo pasar. A decirse que no importa. A minimizar el efecto para no parecer exageradas. Pero Ursula insiste: “Sí importa e importan más de lo que creemos”. Importa porque esa manera de hablar “va calando”, y lo que empieza como ruido externo termina, a veces, convertido en voz interior.

Ese es uno de los puntos más duros del texto: el lenguaje repetido desde afuera no se queda afuera. Se internaliza. Se vuelve eco. Se convierte en un filtro para leer el propio cuerpo, el propio valor, la propia ambición. Una mujer puede saber racionalmente que vale más que su apariencia y aun así vivir evaluándose desde un sistema de palabras que la ha fragmentado toda la vida. Y esa fragmentación es central en la lectura que Ursula propone.

Porque una de las formas más eficaces de reducir a la mujer ha sido convertirla en partes. No en una totalidad, sino en una suma de atributos observables: el cabello, los pechos, la cintura, las piernas, los labios, la edad. Una parte del cuerpo termina actuando como medida del valor del todo. Ursula lo nombra con lucidez cuando dice que se produce “una fragmentación” de la identidad y que, en ese proceso, “nuestra autoimagen se desdibuja” y “comenzamos a vernos a través de los ojos de los demás”.

Ese modo de mirar no es casual. Está reforzado por expresiones que parecen corrientes, pero encierran una visión brutal del cuerpo femenino. Ursula se detiene en una especialmente reveladora: “lomazo”. La analiza con una franqueza que obliga a escucharla de nuevo. “Cuando decimos que una mujer es un lomazo, estamos diciendo que es un pedazo de carne”. Lo que desaparece en esa frase no es solo la delicadeza del lenguaje; desaparece la persona entera. Su inteligencia, su mundo interior, sus intereses, su humor, su dolor, su capacidad de pensar. Queda la carne. Y cuando queda solo la carne, el respeto ya entró en retirada.

Por eso el problema no se agota en la autoestima individual. Se trata también del imaginario colectivo que esas palabras construyen. Ursula lo dice con toda claridad: “Las palabras que elegimos para describirnos a nosotras mismas y a otras mujeres dan forma a la imagen que tenemos de nosotras mismas y de la mujer en general”. No son adorno. Son cincel. Van tallando una idea de lo femenino y, con ella, una serie de permisos y límites: hasta dónde se escucha a una mujer, hasta dónde se la toma en serio, hasta dónde se considera natural que piense, dirija, desee o contradiga.

Desde ahí cobra fuerza la referencia que Ursula hace a Mary Daly, filósofa feminista radical que cuestionó el lenguaje como estructura de poder. La intuición de Daly sigue siendo incómoda porque sigue siendo vigente: si el lenguaje fue consolidado dentro de un orden donde el hombre ocupó el centro simbólico, entonces ese lenguaje no es neutral. No es casual que “hombre” haya funcionado tantas veces como sinónimo de humanidad, mientras “mujer” aparece como categoría particular, derivada o secundaria. Ursula lanza la pregunta que deja al descubierto esa asimetría: “¿Por qué nos parece tan sin sentido el decir mujer para representar a toda la humanidad?” Y la respuesta no necesita demasiada teoría: “Porque así se nos ha enseñado”.

No se trata aquí de ganar una disputa terminológica ni de reemplazar un centro por otro. Se trata de advertir qué visión del mundo ha quedado solidificada en el habla cotidiana. Ursula lo ilustra incluso al volver sobre la figura de Eva: la mujer como personaje secundario, creada para acompañar, derivada del hombre y luego responsabilizada por la caída. Más allá de la fe de cada quien, lo que importa es la arquitectura simbólica que eso deja: el hombre como prototipo humano; la mujer como complemento, derivación o problema.

Y sin embargo, este no es un llamado a la guerra entre sexos. Ursula lo deja claro: “si vamos a construir sociedad, tenemos que hacerlo en conjunto”. Precisamente por eso importa revisar las palabras. Porque el lenguaje que degrada a las mujeres también empobrece la sociedad que lo reproduce. Una cultura que no sabe nombrar a las mujeres como seres completos tampoco sabe convivir plenamente con ellas, ni aprender de ellas, ni imaginar un orden más justo para todos.

De modo que la tarea no es solo hablar “más bonito”. Es escuchar qué palabras nos habitan, cuáles repetimos, cuáles heredamos sin examinarlas y cuáles seguimos usando para describirnos a nosotras mismas y a otras mujeres. Nombrarnos bien no resuelve por sí solo la desigualdad, pero sí desactiva una de sus maquinarias más persistentes. Devuelve espesor donde había reducción. Humanidad donde había objeto. Voz donde había silencio. Y esa recuperación de la mujer como ser integral, pensante y digno dialoga de manera directa con la misión de Yuriyana Club de acompañar a las mujeres hacia una vida más plena a nivel emocional, físico y sexual a través del conocimiento y de conexiones que enriquecen.

Puedes encontrar el video complementario a este artículo aquí: https://youtu.be/arRlz9885Yg

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